EN LOS LÍMITES DE LA PALABRA
Cuántos pelos necesita una cabeza por dejar de ser calva? Esta antigua ocurrencia puede aplicarse a numerosas palabras que se prestan a significados distintos en función del valor interpretativo que le adjudique el observador. Abundante o escaso, agradable o desagradable, inteligente o estúpido, generoso o egoísta, de cualidad o vulgar, fuerte o débil... Cualquier dualidad engendra diferentes puntos de vista, como mínimo en las zonas medias.
La palabra no sustituye el objeto: "esto no es una pipa" la etiqueta es únicamente un primero grado de abstracción, y todavía hace falta añadir que no todas las pipas son idénticas, creando aquí una generalización. De aquí pasamos a una nueva abstracción: objetos de madera, o si subimos un nuevo peldaño: objetos materiales. Ensartándonos por una escala dónde cada peldaño nos alejará más de la materialidad introduciéndonos en áticos de claridad escasa, moviéndonos a tientas entre objetos desconocidos. Un bosque pasará a ser una mancha verde encima de un mapa o en la pantalla de un ordenador. La abstracción traiciona la vida, ni sentimos el olor de la hierba o de los árboles, ni notamos la presencia del viento dentro una habitación acondicionada.
La palabra que representa, que denomina el objeto, está llena de trampas: manipulación, sofismo, engaño. ¿Es preferible definir con precisión cualquiera cosa o todo lo que diremos serán aproximaciones dando vueltas al objeto sin más posibilidades que la de bordearlo? ¿Qué gama de colores percibe el ojo humano y cuántos de estos tienen nombre? Mientras los diccionarios tengan un número limitado de palabras (cosa que difícilmente parece poder cambiar) la correspondencia con el mundo exterior resultará claramente desfavorable a la palabra, esta estará siempre en inferioridad de condiciones (Borges. Ficciones). Es conveniente saber las limitaciones del lenguaje para no empobrecer nuestra mirada sobre el mundo (Platón. Cratilo. "Los nombres no son las cosas" 439a-440b). La naturaleza, el hombre, los objetos fabricados por los humanos, las relaciones con los otros o con el entorno... superan nuestras posibilidades expresivas reducidas a un simple mecanismo de etiquetaje y poco más. Escribía W. Wolf en "Orlando": "La conversación más corriente es a menudo la más poética, y la más poética es justamente la que no puede ser escrita. Por estas razones dejamos aquí un gran espacio vacío, que puede ser considerado como una indicación que este espacio está lleno a rebosar".
Cualquier argumento es posible de ser expresado, tomar forma por la palabra, lo saben bien los sofistas, pero es necesario un origen, una idea concreta de la cual partir. Decía Montaigne que era más difícil encontrar el sentido de la argumentación que desarrollarlo. Es de antiguo conocido el engaño, el equívoco de los vocablos respeto del contenido a expresar. La paradoja del mentiroso es un de estos juegos especulativos.
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-Es mentira que ahora llueve. Verdad o mentira?
Sí contestas: verdad.
...Ahora llueve?
Sí contestas: mentira.
...Ahora llueve o no llueve?
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Si el silencio es paz, la palabra es casi un grito de guerra, voz de necesidad, del que se cree en la necesidad y como tal tiene características de urgencia: imprevisión, dificultad en la definición, carencia de reflexión. Nadie sabe muy bien qué le pasa al necesitado. El habla sin un objetivo parece difícil de concebir sino se interpreta como anuncio recalcando la presencia de la proximidad del otro. El vocablo devaluado por saturación es una forma de dejar rastro, intercambiadle por cualquier otra clase de signo. Las palabras necesarias, operativas, como caballos cumpliendo las órdenes del jinete, resultarían inexplicables sin la presencia de un contenido, sin carga de significado (Platón. Fedro. 276e-277a).
A la hora de valorar las relaciones mente-lenguaje hará falta considerar la posibilidad de doble dirección en la relación. La mente en actividad produce imágenes, pensamientos que encuentren la posibilidad de expresarse mediante un lenguaje. Del mismo modo un lenguaje puede llegar a nuestra mente y darnos un significado. En esta doble dirección resulta también factible la desconexión.
Equilibrar el binomio mente-lenguaje significa no sacralizar todo lenguaje, arte, cultura, hasta el punto de hacerlo independiente de la mente productora. El lenguaje, como el pensamiento son frutos de un árbol que sería el hombre. El pensamiento, siguiendo Wittgenstein, es producto de los conocimientos de la experiencia o de unas creencias culturales, en sentido amplio (de ciencia a literatura), mientras que la lengua, la palabra sería solamente un elemento instrumental.
En la relación palabra-pensamiento cabe señalar el caso de la mentira: como podemos pensar algo de una persona o objeto y decir otra de la misma persona u objeto, mostrando así la perversión del vocablo, en la convención social. O el uso del vocablo como "máscara" en la palabra del actor en escena interpretando un papel.
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Pero retomando ahora el principio del escrito, dónde se decía que la abstracción traiciona la vida: si la abstracción nos aleja del objeto tal y como se nos muestra en apariencia, si lo borra de nuestros ojos, hará falta añadir que también lo trasciende. Así, sólo yendo más allá de lo particular es posible entrever la pertenencia a un marco de dimensiones superiores. Y en eso tampoco la palabra tiene más mérito que el de ser una espectadora invitada.
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article de Jordi Vilanova
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